5 de octubre de 2013

Tras la oscuridad

¿Cuántas veces puedes oír de las personas que te rodean que eres un monstruo antes de creerles?

Esto me ha pasado por años, antes no confiaba en sus palabras, sabía que mentían, que el hecho de que hubiese matado de hambre a mi gemela durante el embarazo y luego a mi madre al pasar por un canal de parto muy estrecho parecía obligarlos a decirme que estaba maldito, que era un monstruo.

Desde que recuerdo, mi papá rechazaba cualquier gesto de cariño o de cercanía que tuviera con él. Mi abuela, una vieja religiosa llena de prejuicios, trataba de ser menos aprehensiva con mi presencia –al menos hacía el intento de demostrarme respeto- pero con el tiempo y con el cansancio se dejó vencer por el miedo, hasta alcanzar el punto de llamarme ‘engendro’ cada vez que se molestaba, antes de tomar su puntual y diario vaso de vodka.

El repudio que generaba en ellos pronto pasó a convertirse en un estigma que mi familia extendida señalaba cada vez que podía. Se notaban incómodos en mi presencia. En las navidades y veranos mis primos eludían mis avances para jugar con ellos, supongo en retrospectiva que era mejor ser ignorado que maltratado.

Un verano, a mis ocho años, mi padre llevó a la finca familiar donde nos reuníamos por la temporada a una chica. Una hermosa amazona de nombre y rostro incierto para mí (al morir perdió ante todos su nombre y yo aún no puedo recordarlo) que me dio en tres días el total del cariño que he recibido en mi vida, ni un poco menos, ni un poco más.

Por eso no recuerdo su nombre, no es importante, lo que realmente importa es lo que me dio: un chocolate, un abrazo, una sonrisa sincera, limpia de miedos y acusaciones aunque de dientes torcidos y desordenados, y una tarde inolvidable de chapoteos en el lago cercano a nuestro caserón junto a caminatas por el bosque cercano. Trataba de ganarse mi cariño, pensando que ganaba así el favor de mi padre, nunca supo que su acercamiento a mí lo alejaba irremediablemente.

En el alba del cuarto día desde su llegada, cuando el cielo rompía en fuego, la desperté para que me acompañara a ver desde el techo del granero el levantamiento del sol en el horizonte. Subí ágil las escaleras roídas apoyadas en la casucha, no calculé que su peso, superior al mío, haría ceder las podridas estacas bajo ella haciéndola caer con estrépito sobre su cuello.

Fueron pocos los minutos que padeció viva con el pescuezo dislocado, tratando de respirar a través del mazacote azul que se hizo alrededor de la nuca, balbuceando mientras escupía sangre, esforzándose por fijar sus ojos (a estas alturas independientes el uno del otro) en un único punto. Aunque escasos, esos minutos fueron suficientes para que todos salieran curiosos de la casa, llamados por el estruendo y mis gritos.

La dantesca escena los paralizó horas luego de su muerte (juro por Dios que antes de morir me vio fijamente y sonrió). Allí estuvimos, con su cadáver en mis brazos, inconscientes del paso del tiempo hasta que las moscas y los zamuros empezaron a hacer guardia ante la carne rancia. Mi padre rompió el espeluznante hechizo gritando desesperado “¡maldito monstruo!, ¡las matas, las matas a todas, maldito monstruo!” antes de lanzarse hacia mí, noqueándome con los golpes.

Al despertar estaba en el hospital, solo. No podía mover mis brazos (ambos estaban rotos), tampoco mi pierna derecha (también había sido quebrada por la fuerza del hombretón) y desde ese momento el lado derecho de mi cuerpo no recuperó la movilidad adecuada. Quedé deforme y adolorido para siempre; sin embargo, lo que más dolió fue sentir correr un par de lágrimas hirviendo sobre la piel rota. No eran por mi madre, mi hermana no nacida o siquiera por el rechazo de mi padre y de mis familiares, sino por la sonrisa desorganizada de ella que no volvería a ser, apagada eternamente por mi culpa. Aquellas fueron las únicas lágrimas derramadas en mi existencia, no hubo más, no habrá más.

Estuve tres semanas en observación. De vez en vez las enfermeras se acercaban y me decían que no me preocupara, que mi padre no volvería a lastimarme desde la cárcel y –en un arranque de obvia piedad- que mi abuela no podía entrar a visitarme porque la angustia de verme en mi estado la impresionaba con facilidad. Ellas sabían que mentían, yo sabía que mentían, pero llegamos al acuerdo tácito de que no nos descubriríamos con la verdad incómoda de mi abandono.

Culminada mi recuperación se planteó la interrogante de a dónde y con quién iría al salir de allí, empero la incógnita no se extendió por mucho: una tía, conmovida por mi soledad, se había ofrecido a cuidarme, era oficial, estaba huérfano.

En honor a mi tía, ella y sus hijos hicieron todo lo posible por no recordar el estigma familiar, por no reconocer mi monstruosidad; no obstante, desde que pisé su casa las plantas empezaron a morir, las paredes iniciaron un crepitar constante y las mascotas que no murieron en extrañas circunstancias huyeron despavoridas con el tiempo.

Ya era evidente para todos y para mí: era un monstruo.

Cuando acepté mi diabólica anormalidad me aislé de todos, era lo mejor para ellos, debía yo salvarles de mi presencia. Esta decisión contó con la callada aprobación de mis receptores, los aliviaba saber que no estarían en la obligación de tratarme excepto cuando casualmente nos encontrábamos en los pasillos del hogar. El trato era simple, yo salía muy temprano y llegaba muy tarde, mi tía me dejaba las comidas en la cocina y yo tomaba mis platos tres veces al día cuando ella salía de allí y comía en la clandestinidad. Todo aparecía ante mí por arte de magia: mi ropa limpia, mis sábanas, el alimento, lo básico. En agradecimiento a ello, yo desaparecía de sus vidas, solo habitaba el ático como un fantasma, como el ente monstruoso que era y que veía en los ojos acusadores de todos.

Así han pasado los años, de vez en cuando oigo a mi pasar, las pocas veces que salgo, “monstruo”, “deforme”, “engendro”, “endriago”, “esperpento”. A veces estas palabras hacen eco contra las paredes del ático y retumban en mis orejas agrandadas al punto que han perdido la forma y caen redondas, purulentas y gelatinosas, al ras del suelo, y suben endurecidas y callosas en picos por encima de mi coronilla.

Mi rostro acompaña la desfiguración de mis orejas, es duro, casi rocoso, lleno de verrugas y amarillento. Mis dientes son grandes como paletas y grises como la madera de mi cama, mis ojos, por otro lado, son dos puntos rojos al final de un foso oscuro, mi cabello, escaso, forma hilachas cobrizas sobre el cráneo pantagruélico y mi cuerpo, poco desarrollado a la izquierda, se dobla bajo el peso de una joroba descomunal.

Cuando estoy frente al espejo veo lo que los demás siempre han visto. Me observo con el mismo espanto con el que ellos me observan. Me rechazo como ellos me rechazan. Pero cuando me acuesto en la cama y recuerdo la sonrisa anárquica de la muchacha, la única que recibí en mi vida, avisto en la lejanía, reflejado en la calma del lago de mis infancias, un niño hermoso que no creía en monstruos, vigilado de cerca por una doncella que le regaló a los ocho años un chocolate, un abrazo, una sonrisa sincera y una tarde de chapoteos.


Luego recuerdo que los monstruos, como la noche, existen cuando empiezas a creer en ellos.

9 de octubre de 2012

El rey de Judea

Al Rey Herodes, el Grande, no le quedó otro camino que ser un déspota. Nombrado por Marco Antonio como regente de los judíos, asumió como misión recuperar la tierra de sus ancestros, a sangre y fuego, que es como suelen recuperarse los reinos.

Durante tres años luchó contra la reina legítima de Judea, hasta que –por un golpe de suerte- alguien dijo cerca de uno de sus soldados por cuál puerta y a qué hora saldría Antígona para su paseo por los frentes de batalla. Allí la capturó y, con un único movimiento de su verdugo, separó la cabeza del pequeño cuerpo rechoncho de la semita.

Como todo nuevo rey, Herodes tuvo que instalarse en el palacio de Judea para dirigir los destinos de la provincia romana. Poco le agradó ese cambio a los súbditos y a los cortesanos, pues la ‘bastardía’ de Herodes era poca cosa para merecer el trono, aunque hubiese ganado de manera justa (como suele entenderse la justicia en un campo de guerra) el mismo.

Presionado por las murmuraciones y las trifulcas acá y allá por toda Judea reclamando la restitución de los verdaderos herederos, desafiando la dureza con la cual gobernaba, Herodes tuvo que tomar una decisión que cambiaría para siempre su destino y, posteriormente, el de miles de judíos: asesinar a todos los que compartieran lazos de sangre con la depuesta Antígona, de esta manera fueron ejecutados, un domingo, uno por uno, la suegra, la esposa, el cuñado y los tres primeros hijos del Rey. Uno por uno.

La muerte de la familia política, claro está, no le generó a Herodes mayor aspaviento, pero la de los niños sí. No solo fueron sus ruegos y llantos, sus miradas suplicantes y la lucha inútil que hacían para librarse de las cadenas en el cadalso sino la expresión en sus rostros, ese descreimiento, el negarse una y otra vez que su padre hubiera ordenado su ejecución. El menor de ellos, de apenas dos años y cuyo nombre no fue registrado por la historia, era el más parecido al rey palestino: tenía su barbilla aguda y los ojos verdes.

Cuando el benjamín cayó de rodillas ante la piedra de la ejecución, aún sin entender su destino, las lágrimas pararon, ya por sus mejillas no corrían las gotas, en segundos, por sus venas, tampoco corría la sangre. La cabeza adornada ahora con la mirada atroz del principito rodó desde el patíbulo hasta los pies del Rey para posar los muertos ojos esmeralda sobre el padre traidor, esa imagen, el desorden de sus rizos, el río de sangre que dejó su camino hacia él, el olor nauseabundo y dulzón de la sangre derramada de su familia y, muy en el fondo, los murmullos de plebeyos y cortesanos se grabaron a fuego en la mente del gran Rey.

Muchas fueron las noches infernales que vivió Herodes recordando el asesinato. En cada esquina del palacio y Jerusalén los fantasmas descabezados de su familia aparecían, cazándolo, embrujando su vida. El único espectro que se le mostraba completo era el del niño, que lo llamaba cariñosamente.

El pequeño se convirtió en poco tiempo en la única cosa muerta que confortaba al atormentado Rey, era su compañía incondicional, no pocas fueron las mañanas que el hombre encontraba al niño sentado en la orilla de la cama, como tampoco fueron pocas las tardes que, aislado en su despacho, veía rodar hasta su escritorio, las peloticas de algodón egipcio con las que jugaba el benjamín en vida. A veces, Herodes creía sentir sus manitos alrededor del cuello, halando su barba y su aliento tibio sobre el cuello; la mayor parte del tiempo era un frío acerino el que rodeaba al Rey.

Fue un día de primavera que el Rey, convertido en presa de la locura, ordenó a sus tropas recorrer las calles de Belén para degollar a los menores de dos años, creía que si todos los niños con la misma edad de su benjamín asesinado morían al menos él, el más pequeño, ya no necesitaría sentarse a su lado en la cama lamentándose pues ya tendría compañía de ultratumba.

15 de agosto de 2012

El ADN del amor

Sus manos marcaban el compás en la guitarra. Sobre el mástil resbalaba su mano izquierda mientras la derecha movía y tensaba las cuerdas sobre la roseta. Una antigua tonada romántica se deslizaba desde la caja y rompía el pesado silencio que se había posado sobre ellos.

Ella aún tenía la ropa de anoche, y de la noche antes de anoche y la anterior a esa. No había sido capaz de levantarse desde “el evento”, estaba viviendo sin querer vivir, por eso la falta de higiene que ya estaba pasando factura al ambiente que la rodeaba.

Irónicamente, a pesar del descuido en el aseo de la dueña de la casa, todo estaba en su justo lugar. Todo limpio. Al final del pasillo se acumulaban las flores del “quetemejores” y sobre los muebles de la sala y la mesa del comedor las flores del “misentidopésame”. Flores que marchitaban por un lado mientras unos capullos florecían entre la putrefacción del agua acumulada en los floreros. La brisa que por la ventana entraba de vez en cuando agitaba todos los pétalos desprendiendo los moribundos y estremeciendo los ramos que yacían, por aquí y por allá, fuera de cualquier vasija que los sostuviera.

De vez en cuando, una lágrima rodaba lenta por las mejillas demacradas de ella. Cuando eso ocurrió las primeras veces él se acercaba y las secaba con sus manos (o tiernos besos). Pero desde determinado momento, dejó de tener cuidado en socorrerla cuando lloraba, así como dejó de sostener su mano y tratar de convencerla para que comiera o se levantara de la cama. Cuando abandonó la aparentemente difícil tarea de traerla de nuevo a la cotidianidad se encargó de hacerle compañía a su lado, rasgando la guitarra.

Así transcurrieron los días. La luz colaba por las rendijas que dejaban las pesadas cortinas y el humo de sus cigarrillos (los de él) enrarecían un ambiente ya bastante lúgubre.

Eventualmente, él se separó de su cama. Ahora se le sentía en la cocina a ratos cocinando, a ratos rasgando la guitarra, a ratos (los más) callado. De vez en vez volvía al cuarto y le preguntaba, ya exasperado, cuándo saldría del tálamo. La desesperación daba intermitentemente paso a la lástima; cuando era la lástima la que hablaba, se acercaba a ella y le decía “prontointentamosdenuevo”, “noeselfindelmundo”, “nosintiónada” o “noestababienformado”. Realmente, nada de lo que le dijera podría hacerla sentir mejor.

La mujer lo veía inerte, sin reaccionar. La última vez que lo vio, él salía de la casa, con su guitarra a la espalda y una pequeña maleta en la mano. No se volteó a verla por última vez. No dijo nada. Solo se fue. El vínculo que los unió era frágil antes del accidente y luego de este, de la muerte del feto (aunque ella lo llamaba bebé), se había quebrado irremediablemente. Que le quería no lo dudaba. Que él la quería, tampoco era objeto de dudas. Otra certeza entre ambos es que ella estaba tan muerta como el feto que le arrancaron del vientre. Tan muerta como su útero. Tan muerta como todas las flores que se disolvían en la oscuridad de lo que en algún momento llamó “hogar”.